Hoy toca repaso,
compañeros,
y si epopeya de Valparaíso
era
bajo los días
del malecón militante,
hoy lo niegan
todos los difuntos, aunque llueva,
pero no la Erna.
A la hora
doctrinaria en la cantina
que es el bar Cinzano,
permanecen en la
sala de espera,
detenidos,
los alumnos y el
traidor nato.
Es 1 hora de
plena madrugada en este bar
y no doy con el
poema de la Erna.
Ni con dios,
mas doy con
todos.
Son 2 horas de
liturgia en el Cinzano,
siendo cada uno
copia de sí mismo,
mutilado el
jovial de sus amores
y el destino que
le tenían preparado.
Son 3
las horas deste
bar humeando
y 71 a lo que
amo
.
En el mingitorio
del Cinzano
ya nadie escribe
y yo no rimo en
la baranda
a pesar del
tango y de la banda.
Viveca me arremete vestida de celeste
para que no
olvide
la bandera de
sus duchas.
Andrea nos patea fuera del banquete
y con razón.
Monseñor Vitucho
ya no bendice
a este grupo de
indecentes.
La Valkiria
dejó de amar nuestros combates
y tira besos
imparciales
El Pájaro se despluma de nosotros.
Liliana nos dejó su beso impreso.
Pancho se despide desde el muerto.
Y en París,
sosteniendo el
aguacero,
se nos murió Juan
Sinn.
De todos ellos,
guardo el dibujo
de sus pies
que en una
larga caminata
nos dejó
encomiendas por abrir.
.
Alejandro llora cuando mira las estrellas.
Pepe a pesar de las noticias
ha dejado de
fumar sin apagar nuestros rescoldos.
Carlos amenaza con el paredón popular
(los torturados
tienen derecho a una vuelta gratis).
Patricia fue hallada en el Dicom
y no concluye aún el
beso que todos esperaban.
Marina me da miedo,
pero no la Erna,
que me abraza.
Max,
el viejo Max,
que nos amarra
con las primeras
clases
que eran
aventuras y guerrillas,
bebidas de pura
fantasía,
con tremendos
rezos,
héroes sin
tumbas
y palizas.
Ismael es un francotirador de impuestos tristes,
tal cual era su
fachada sibilina.
Mario persiste ajeno y fetal.
-Soy el maldito
padrino de tu hija Milena Marina, Mario -le digo.
Dentro de sus
ojos está el abrazo para mí
y para Erna.
A propósito:
nunca sabremos
cuánto amamos a los maestros:
Pablo Mondragón,
Kica
Schweitzer,
Julio Rojas,
Sergio Rojas,
Ignacio
Egaña,
Osvaldo
Muñoz,
Sergio
Benavides
y Hugo Rivera.
Y sobre todo a Myriam
Waisberg,
por supuesto.
Eitel ordena las migas de pan
dispersas en la
mesa
las guarda para Gretel.
Fernando me sonríe entre volutas
pues conoce las
vueltas de la vida
y las penas que
desnudan las bandejas
del garzón en Venezuela
sin propinas en esos bailes tristes.
Al Chico
le tiritan los labios.
(Se volcó un
vaso de vino
sin derecho a
ser nombrado.)
Plinio sigue ausente como un ángel
soñando en la
mujer secreta y solitaria
en los pliegues
del cartón de una maqueta,
donde podrá
llorar a oscuras
cuando su ángel
le toque la corneta.
Lucho habla de lo mismo
sin perder a
esa mujer que lo atormenta
desde la pequeñez
de aquel invierno.
Al repasar la
lista hay un solo nombre:
E U C A R I S
T Í A
pero en griego
para todos ellos.
Y está la Erna.
Que no se mal
entienda.
No sé qué hago
aquí.
Repito historias
viejas con las mismas letras.
Al estar
frente a cada uno me diluyo,
me disperso y
contraataco.
Eufórico del
gesto y del abrazo,
sigo fiel con
todos.
Contra el viento
sigo a mi bandada,
aunque todo esté
cambiado
por culpa de todas las mareas.
Cucho, mira:
es bella la Antonieta.
-Y la Berta- dices.
La que en otra
esposa fue mi vida.
¡Ni te explico!
¿Son las
muertas? ¿Son las
nuestras?
¿Dónde termina
el horizonte de la historia de la Escuela?
¿En qué batalla de la espuma rojinegra se moría?
Son Berta
y Antonieta,
cubriéndose de
estrellas y lunares,
mientras dos de
todos las recuerdan.
La tormenta nos
entierra sin ni un duelo
junto al mar y a
un tris
del vaso amargo.
Olas de este
porte abandonan los fantasmas
del viejo
acorazado carcomido por el miedo.
No es el mar el
fondo inmenso,
sino este bar
que nutre de náufragos
más hermosos que
Ulises y Prometeo.
Al pisar la
playa blanda como nube,
no tuvimos miedo
en nuestra incertidumbre.
y a la sombra de
adoquines combativos
nuestros pasos
comprobaron lo que era cierto:
nuestra historia no es más ni menos
que un paseo de
los huerfanitos.
Al compartir
este panfleto o crónica patriótica,
un 19 de
noviembre del 93,
Sonia me
pregunta:
¿Qué es poesía,
hoy que estoy de cumpleaños?
Y Cárcamo
Rubén emite su carcajada solitaria
de nazareno en
su madero apolillado.
Yo hablo de Vallejo,
del que murió
lloviendo a cántaros,
y del poema Gebla,
políticamente,
por supuesto.
Julio, de su camioneta de millones.
Más valía la fe
que lo cubría en
sus primeros pasos
con esa lucidez
que dio tremenda risa.
Vuelvo a fumar,
señor Zeno,
y comentamos:
Al chistoso le
darán el Nobel
y al marcado el Nacional;
uno sobrevive
por el caldo de cabeza
y el otro por
tan solo militar.
Persistimos
voyeristas con el gran angular.
Por si acaso,
a nadie más le
interesa ese ganado.
…Y que sigan los
portazos
con el lenguaje
superado,
valpozando en la
cresta del murelio.
Son cosas del
pasado,
con ese trozo de
luna que preciso,
cruzando a
gran velocidad
nuestra bandada
de sepulcros.
Repetimos algún
verso de Cortázar.
Capítulo 68.
Y aparece un
sacerdote
simulando un
vendedor de biblias
con su
vocabularia
de una noticia no confirmada.
El Maharichi
derivó en juez de menores
(Es un chiste).
La vanguardia
fue descuartizada.
—¡Qué duda
cabe!—
Miren todas esas
canas:
perdieron sus
virtudes,
parecen
senadores vitalicios,
y esponjosos veraneantes.
Erna, camarada:
todo inicio está
en la escala del Seguro Obrero
y en la trinchera deste bar
donde se acaba toda la jornada.
-En el
mingitorio-,
para ser exacto,
ya que siempre
fuimos la carnada.
Antiguas
calaveras con los mismos defectos,
desnudos cráneos
senatoriales,
todos perfectos.
A la cuarta hora
del Bar Cinzano lo somos
porque la rima
siempre fuerza:
somos todos arquitectos
casi tétricos.
Erna no falla, no falla nunca.
Nadie sabe por
qué lo hace.
Tal vez por nuestra
ropa vieja llena de crespones,
en la cual ya
asoman larvas rancias
y que, ingenuos
como somos,
confundimos con
pompones.
El viaje es sin
retorno
y el boleto,
un sueño que se
lleva el viento
para levantar nuevas semillas
en las que aún creen los muertos.
Vuelvo y vuelo,
lúdicamente, por
supuesto,
a los mismos
lugares de la Esther.
¿Y tú quién
eres?
Vuelvo a hablar
de Vallejo y de Gebla,
mas carne a
carne golpeamos la mesa
y se derraman
desde el cielo viejo,
sucesivamente,
como vasos
frágiles,
baratos,
mansos como
besos,
los comensales.
Un rucio grita:
¡Viva la
arquitectura!
Levanto el
pulgar como protesta,
el puño, la V,
la palma de la
izquierda y la derecha,
y aplaco mi sed
de venganza en el Cinzano.
Hay que tener
siempre
una conducta
perfecta en los velorios.
Se tiene Guillén
de su presidencia,
se tiene Vladimir
de su pintura,
se tiene Agustín
del parapente.
Se tiene Castro
de la sueca,
se tiene el
calvo Anabalón
de las llamas
que ardían en
su calva.
Y Moraga
convalece sin contaminar.
tal como era su
deseo.
Son todos ellos
los únicos letales que me quedan
y por ellos
camino con orgullo,
como invicto,
aún latiendo
La Erna se
sostiene como siempre
en su pudor
rosado.
Es sumamente
necesario
que se formen a
un costado del camino
tanto derrotados
y hacia el otro, los muertos y suicidas,
que como blancas
dentelladas
nos llevarán a su tierra prometida.
Se juntarán esas
paredes de Moisés
y seremos al
final un solo mar,
de
tritones y sirenas,
propalando mitos
y leyendas.
No hay guerreros
para nuestra reina.
Sólo diptongos
que a su nombre
alzan voces
con el grito de
la guerra.
Al cielo del Cinzano
le sobran manos
de pintura
y nos quedamos
pegados a su altura.
Con sus toses y
fumadas
no caen ni
pesares.
Nadie se hace
cargo de los gastos invernales.
En estos mismos
van los mártires y cínicos,
amorosos y
dolidos, viudos y maestros,
con sarcófagos
colgando funcionarios
o medallas de un
mismo corazón envejecido.
¡Que lo sepan
sus alumnos!
Son las 5,
amiga,
y pienso en ti.
A la hora impar
me despido de
puntillas,
pendular en cada
abrazo
para que vuelvan
utopías
como besos
que alguna vez
te di.
El hijo se
despide de sus pares.
El próximo año
conoceré el último dolor,
hermano de los
primeros sueños.
Es mi destino.
Tal vez yo sea
el último en morir
o la Erna,
prodigando esas
rancias bendiciones
que nos caen
cual pendones...