ORACIÓN PARA EL DESTIERRO.

No soy digno.

No soy el elegido
ni mi índice apunta hacia el destierro.

 

No soy digno de saber cómo se mueven las hojas.

No soy digno de los curcos.

No soy digno del chaleco salvavidas,
de los rieles,

ni del paracaídas.


No soy digno de la herida
ni siquiera del virus soy el digno.

 

No serán mis huesos los cremados
sino los rígidos herejes de aquel límite
y los desbarrancados sin nombre y apellido.


No soy digno de las tumbas
ni de sentarme a su lado en el cine
ni de pedir con rezos entre ustedes.

 

No será mi pecho el del humano
y derecho a ser juzgado no tendré,
ni siquiera una vez muerto, sepultado.


Ni menos exhumado de las dunas

que besaron el agujero de la bala
entre los ojos de mi cráneo.

No soy digno.


No soy digno de mirar el cielo que cicatriza los odios,
ni del horario de trabajo,
ni de nadar el río que me trajo con sus naves y mi madre,

ni de la luz de los ancianos soy el digno,
confesor de los silencios de la nada
y de mi abuelo.

 

No soy digno de beber la leche de las vacas en la mañana,
ni de asistir al entierro de mi padre,
ni de mirar desde el jardín
el casamiento de mis hijas.

 

No es digna mi memoria
del olvido y del perdón.
Sino la memoria de mis hijos.
Para eso los amé.

 

Así como dispersé mis cenizas en el viento,
él me desvanece.
No soy digno del olvido.

 

Así como devoré los peces,
ellos me consumieron.
No soy digno de ser comido.

 

Así como lancé las piedras,
ellas cercaron mi corazón.
No soy digno de ser lapidado.

 

Yo, que fui el amado,
no soy digno del abrazo de mi hermano
ni de estrechar la mano del mendigo
y su parábola.

 

No soy digno de ser el abismo
entre los unos y los otros,
ni menos la fisura entre mi Señor
el jardinero
y esta oración.


MIS AMIGOS

A mis amigos llenos de rabioso orgullo
de lesiones cerebrales y florales
les brotan aves por la piel
y la metralla.

Les gusta caminar por las cornisas de las nubes
sin saber sus reglamentos
y lanzarse en picada hacia las fieras
con todas sus muletas, caries y rabietas.

Manejan contra el tránsito, rebotan en la historia
de todas sus arrugas y salen victoriosos al regreso
de sus viajes a pesar de sus cálculos biliares
y el reclamo de sus novias.

Mis amigos que están muertos tantas veces,
se les remueve el pecho por culpa de sermones
y voy a la botica a buscarles nuevas frases pectorales
para acompañarlos aunque con ellos muera.

Tocan piano mis malditos, como locos
pregonando fe de erratas, vergüenzas y verdades.
Juntos apretamos nuestra lágrima de ira,
coreamos el valiente pentagrama y lloramos.

Ángeles mortales como diucas, como dioses, como piojos,
silban en el éxodo como próceres del himno
y a pesar del combate desigual e incomparable
iluminan más rincones que la cuenta de la luz.

Trabajan por el pan como si amasar fuera su hostia
y se comen el pedido del negocio de menestras
sin limpiar la mesa de unciones y traiciones
porque eso no es para valientes como ellos.

Vestidos como Zevi, como Almagro y como el Che,
venteados de perfumes, de brisas y serenos,
pronuncian sus discursos como críticos solemnes
y les caen perdigones, salivazos y perdones.

Además de lenguas muertas y traposas
hablan italiano, francés y el alemán,
pero con la boca llena pronuncian guturales
en el idioma que más me gusta a mí.

Mis amigos detestan a Serrat y los adornos de Gaudí,
pero aman el ornato de madame
que a la hora incandescente de la tarde
les permite el beneficio de la duda.

Benditos por el amor de sus palomas,
también son amadores de respeto.
Y las pocas plumas que les quedan
las cuidan con esmero. Quedan pocas, pero vuelan.

Y son perpetuos los huesos que les duelen
y gloriosos los conceptos del supuesto
y sumamente inteligente
la doctrina dura para virar el rumbo,

para cambiar los aires muertos
por tempestades gigantescas.
Por eso a veces nada entiendo,
pero voy a su pelea porque donde mueran, muero.

Son aqueos, espartanos y cómicos comiendo mocos
y lisa y llanamente delincuentes según los prominentes
ciudadanos de respeto, cancilleres y decanos.
Pero más que nada mis amigos son tremendos locos.

Es olímpica la aurora en una gota de rocío que segregan
y grandiosa la noche de su voz en una uva.
Debieran escucharlos cada cierta vez
como si fueran la Cadena Nacional dirigiéndose al país.

Viajan en témpanos azules de novelas que no escriben,
cambian las fronteras de un país imaginario.
Imaginaria es la ardiente teoría de su pensamiento
y tienen siempre la razón.

A pesar de que se duermen en la fila,
en el bus y en los sepelios, me reclaman
del café ardoroso, del costo de la vida
y que vivo en la punta de los cerros.

Navegan viento en popa hacia sus mártires
que son los amores que se fueron, las heridas que se abren,
las puertas que se cierran, volantines que se mojan
y la tremenda ira del vacío contenido.

Son los semidioses salvando al pordiosero y a los ciegos,
cediendo los asientos, sacándose el sombrero,
y son el pasto de mis risas
porque son lo que más quiero.
.
.
.

LA COPA

La copa al medio del llenado
tiene al norte el horizonte.

Allí donde toca la rompiente
el océano del vino
se aquieta, turbio, 

se posa y me contiene.

La copa al medio del llenado
cada vez que la recuerdo hueca
la bebo sin sentido.

Regreso a mirar lo que desciende
entre el poco amor que suministro
y la abundancia justa de tus labios.

Esto es beber tranquilamente;
besar.

En la hora justa de la sombra
el ángel me respira el aire

y la copa sigue siendo el ojo que me mira fijo
sin ver
la ebriedad que me provocan tus labios febles

tiritando.


POEMA DE LA ERNA (Generación 71, en el CINZANO del 93)


Hoy toca repaso, compañeros,

y si epopeya de Valparaíso era

bajo los días del malecón militante,

hoy lo niegan todos los difuntos, aunque llueva,

pero no la Erna.


A la hora doctrinaria en la cantina

que es el bar Cinzano,

permanecen en la sala de espera,

detenidos,

los alumnos y el traidor nato.


Es 1 hora de plena madrugada en este bar

y no doy con el poema de la Erna.

Ni con dios,

mas doy con todos.


Son 2 horas de liturgia en el Cinzano,

siendo cada uno copia de sí mismo,

mutilado el jovial de sus amores

y el destino que le tenían preparado.


Son 3

las horas deste bar humeando

y 71 a lo que amo

.

En el mingitorio del Cinzano

ya nadie escribe

y yo no rimo en la baranda

a pesar del tango y de la banda.


Viveca me arremete vestida de celeste

para que no olvide

la bandera de sus duchas.

Andrea nos patea fuera del banquete

y con razón.

Monseñor Vitucho ya no bendice

a este grupo de indecentes.

La Valkiria dejó de amar nuestros combates

y tira besos imparciales

El Pájaro se despluma de nosotros.

Liliana nos dejó su beso impreso.

Pancho se despide desde el muerto.

Y en París,

sosteniendo el aguacero,

se nos murió Juan Sinn.

De todos ellos,

guardo el dibujo de sus pies

que en una larga caminata

nos dejó encomiendas por abrir.

.

Alejandro llora cuando mira las estrellas.

Pepe a pesar de las noticias

ha dejado de fumar sin apagar nuestros rescoldos.

Carlos amenaza con el paredón popular

(los torturados tienen derecho a una vuelta gratis).

Patricia fue hallada en el Dicom

y no concluye aún el beso que todos esperaban.

Marina me da miedo,

pero no la Erna,

que me abraza.


Max,

el viejo Max,

que nos amarra

con las primeras clases

que eran aventuras y guerrillas,

bebidas de pura fantasía,

con tremendos rezos,

héroes sin tumbas

y palizas.


Ismael es un francotirador de impuestos tristes,

tal cual era su fachada sibilina.


Mario persiste ajeno y fetal.

-Soy el maldito padrino de tu hija Milena Marina, Mario -le digo.

Dentro de sus ojos está el abrazo para mí

y para Erna.


A propósito:

nunca sabremos cuánto amamos a los maestros:

Pablo Mondragón,

Kica Schweitzer,

Julio Rojas,

Sergio Rojas,

Ignacio Egaña,

Osvaldo Muñoz,

Sergio Benavides

y Hugo Rivera.

Y sobre todo a Myriam Waisberg,

por supuesto.


Eitel ordena las migas de pan

dispersas en la mesa

las guarda para Gretel.

Fernando me sonríe entre volutas

pues conoce las vueltas de la vida

y las penas que desnudan las bandejas

del garzón en Venezuela

sin propinas en esos bailes tristes.

Al Chico le tiritan los labios.

(Se volcó un vaso de vino

sin derecho a ser nombrado.)

Plinio sigue ausente como un ángel

soñando en la mujer secreta y solitaria

en los pliegues del cartón de una maqueta,

donde podrá llorar a oscuras

cuando su ángel le toque la corneta.

Lucho habla de lo mismo

sin perder a esa mujer que lo atormenta

desde la pequeñez de aquel invierno.


Al repasar la lista hay un solo nombre:

E U C A R I S T Í A

pero en griego para todos ellos.

Y está la Erna.

Que no se mal entienda.


No sé qué hago aquí.

Repito historias viejas con las mismas letras.

Al estar frente a cada uno me diluyo,

me disperso y contraataco.

Eufórico del gesto y del abrazo,

sigo fiel con todos.

Contra el viento sigo a mi bandada,

aunque todo esté cambiado

por culpa de todas las mareas.


Cucho, mira:

es bella la Antonieta.

-Y la Berta-  dices.

La que en otra esposa fue mi vida.

¡Ni te explico!

¿Son las muertas? ¿Son las nuestras?

¿Dónde termina el horizonte de la historia de la Escuela?

¿En qué batalla de la espuma rojinegra se moría?

Son Berta y Antonieta,

cubriéndose de estrellas y lunares,

mientras dos de todos las recuerdan.


La tormenta nos entierra sin ni un duelo

junto al mar y a un tris 

del vaso amargo.


Olas de este porte abandonan los fantasmas

del viejo acorazado carcomido por el miedo.

No es el mar el fondo inmenso,

sino este bar

que nutre de náufragos

más hermosos que Ulises y Prometeo.


Al pisar la playa blanda como nube,

no tuvimos miedo

en nuestra incertidumbre.

y a la sombra de adoquines combativos

nuestros pasos comprobaron lo que era cierto:

nuestra historia no es más ni menos 

que un paseo de los huerfanitos.


Al compartir este panfleto o crónica patriótica,

un 19 de noviembre del 93,

Sonia me pregunta:

¿Qué es poesía, hoy que estoy de cumpleaños?

Y Cárcamo Rubén emite su carcajada solitaria

de nazareno en su madero apolillado.


Yo hablo de Vallejo,

del que murió lloviendo a cántaros,

y del poema Gebla,

políticamente, por supuesto.

Julio, de su camioneta de millones.

Más valía la fe

que lo cubría en sus primeros pasos

con esa lucidez que dio tremenda risa.


Vuelvo a fumar, señor Zeno,

y comentamos:

Al chistoso le darán el Nobel

y al marcado el Nacional;

uno sobrevive por el caldo de cabeza

y el otro por tan solo militar.

Persistimos voyeristas con el gran angular.

Por si acaso,

a nadie más le interesa ese ganado.


…Y que sigan los portazos

con el lenguaje superado,

valpozando en la cresta del murelio.

Son cosas del pasado,

con ese trozo de luna que preciso,

cruzando a gran velocidad

nuestra bandada de sepulcros.


Repetimos algún verso de Cortázar.

Capítulo 68.

Y aparece un sacerdote

simulando un vendedor de biblias

con su vocabularia

de una noticia no confirmada.

El Maharichi derivó en juez de menores

(Es un chiste).

La vanguardia fue descuartizada.

—¡Qué duda cabe!—

Miren todas esas canas:

perdieron sus virtudes,

parecen senadores vitalicios,

y esponjosos veraneantes.


Erna, camarada:

todo inicio está en la escala del Seguro Obrero

y en la trinchera deste bar 

donde se acaba toda la jornada.

-En el mingitorio-,

para ser exacto,

ya que siempre fuimos la carnada.


Antiguas calaveras con los mismos defectos,

desnudos cráneos senatoriales,

todos perfectos.

A la cuarta hora del Bar Cinzano lo somos

porque la rima siempre fuerza:

somos todos arquitectos

casi tétricos.


Erna no falla, no falla nunca.

Nadie sabe por qué lo hace.

Tal vez por nuestra ropa vieja llena de crespones,

en la cual ya asoman larvas rancias

y que, ingenuos como somos,

confundimos con pompones.


El viaje es sin retorno

y el boleto,

un sueño que se lleva el viento

para levantar nuevas semillas 

en las que aún creen los muertos.


Vuelvo y vuelo,

lúdicamente, por supuesto,

a los mismos lugares de la Esther.

¿Y tú quién eres?


Vuelvo a hablar de Vallejo y de Gebla,

mas carne a carne golpeamos la mesa

y se derraman desde el cielo viejo,

sucesivamente, como vasos

frágiles, baratos,

mansos como besos,

los comensales.


Un rucio grita:

¡Viva la arquitectura!

Levanto el pulgar como protesta,

el puño, la V,

la palma de la izquierda y la derecha,

y aplaco mi sed de venganza en el Cinzano.

Hay que tener siempre

una conducta perfecta en los velorios.


Se tiene Guillén de su presidencia,

se tiene Vladimir de su pintura,

se tiene Agustín del parapente.

Se tiene Castro de la sueca,

se tiene el calvo Anabalón

de las llamas

que ardían en su calva.

Y Moraga convalece sin contaminar.

tal como era su deseo.

Son todos ellos los únicos letales que me quedan

y por ellos camino con orgullo,

como invicto,

 aún latiendo


La Erna se sostiene como siempre

en su pudor rosado.


Es sumamente necesario

que se formen a un costado del camino

tanto derrotados

y hacia el otro, los muertos y suicidas,

que como blancas dentelladas

nos llevarán a su tierra prometida.


Se juntarán esas paredes de Moisés

y seremos al final un solo mar,

de tritones y sirenas,

propalando mitos y leyendas.


No hay guerreros para nuestra reina.

Sólo diptongos

que a su nombre alzan voces

con el grito de la guerra.


Al cielo del Cinzano

le sobran manos de pintura

y nos quedamos pegados a su altura.

Con sus toses y fumadas

no caen ni pesares.

Nadie se hace cargo de los gastos invernales.

En estos mismos van los mártires y cínicos,

amorosos y dolidos, viudos y maestros,

con sarcófagos colgando funcionarios

o medallas de un mismo corazón envejecido.

¡Que lo sepan sus alumnos!


Son las 5, amiga,

y pienso en ti.

A la hora impar

me despido de puntillas,

pendular en cada abrazo

para que vuelvan utopías

como besos

que alguna vez te di.


El hijo se despide de sus pares.

El próximo año conoceré el último dolor,

hermano de los primeros sueños.

Es mi destino.

Tal vez yo sea el último en morir

o la Erna,

prodigando esas rancias bendiciones

que nos caen cual pendones...

SUEÑO



Esta dama es mi abuela Auristela Álvarez Barria, Álvarez de Los Grandes como diría ella.
Me llama la atención la simplicidad de su vestido y la ostentación de las joyas de oro. Aros, broche, pulsera, gargantilla y reloj. Lo cual indica que sabía dónde y cómo poner el acento en lo verdaderamente importante. ¡Bandida!


Auristela
amada nutritiva del sepulcro.
A mis hombros yo te subo
abuela que me tocas.

Afírmate rudimentaria
que mis manos ya se ocupan
y de tu carga mis pies caseros.

Confío sólo en el crepúsculo
y en la reja sin rosales de tu escuela.
Con voz del viento, me desvelas.


Tengo fuerza tuyas
para subir  hasta el altar
donde cabe madre
y donde cabe el padre.
Confía
que yo puedo.

Llegaré sin el cansancio
con rosas de papel
para dejarte inmensa una vez más
después del sueño amada
en el sepulcro de la luna que te llena.

Descansa abuela
mientras te sueño, buena.
.

YERRO

















Yerro
cuando exudo y cuanto evoco.


Yerro tan distinto y en sosiego
inoportuno cuando existo


a veces
me equivoco.

EXUDO





















Exudo
ruinas desperdicios y estropicios
Exudo horas pendulares
y vueltas de la vida
en las esferas del reloj


Exudo por supuesto rotaciones
roscas y torcidos
Exudo asimismo lápidas y olvido
parpadeando mis entierros.


Exudo
en  mi cuarta esquina y con mi nudo
mi propio tejido de alimañas segregando.


Me traspasan por supuesto
las miradas.
Y me reptan por lo mismo
los crujidos de los clavos de mi casa
Pues a ella me refiero
cuando exudo.





EVOCO


Evoco
la mesa larga y alba de la bruma.

Evoco mi mantel bordado
con sus frutos y ese vino oscuro y frío.

Evoco
el agua indiferente en el jarrón de vidrio
y una sola mosca en el vacío de la taza.

Evoco
la panera de cristal y la sopera 
con el vértigo del caldo hirviendo.

Te evoco servilleta con argolla
y cuanto ocurre 
en el parloteo de gaviotas 
que nunca me concierne.

Y evoco el pan irremplazable de la abuela.
Y sus migas que ruedan
por los pliegues de la ropa.

Y es que evoco, a mi manera
la ceguera de los platos que se han roto
en el vacío del ocio de las copas.

Evoco
bajo la sombra de la mesa
el muro de rodillas visitantes 
y el despojo forastero,
pero me confundo 
con las patas de la mesa
y las aristas masticadas de las nubes.

Evoco la familia
con la pureza destellante del cuchillo
consumiendo la roja cortesía del cordero.

Evoco
los zapatos con su brillo como espejo 
y sin sentido
pero más evoco
los delgados zapatos del viajero
y los pasos que me vienen a buscar
a una mesa no servida.



FONTANERÍA

Dale la lluvia al otoño
que no tiene plumaje.
Camina siempre a su lado
y no pises sus ropas.


Un ave pasa volando
y cuanto creado sea
anótalo en los muros.

Que no se te olvide.


Un fontanero silva los versos
en el cubo de aire del patio.
En esa balada de otoño
y en la bañera de espuma 
la solterona depila su pena
y  nadie ve sus arrugas.

Lleva un pan crudo
hasta tu prima rural
Los sueños siempre serán
en el horno, cremados.
Esa es la pura verdad.


Camina con buen calzado
Ya que si antes se habló
del contrabando de ganado
hoy mal se habla
del Servicio Técnico.


Sirve a la naturaleza
y a todos sus nombres
aunque te sobren los muertos 
para la rosa maldita.

La verdad
sigue secreta
detrás de esa muerta.
.
.
.

SURFILANDO A LAS MUJERES


Las hembras que me entierran
se llaman entre ellas. Lo sé.

Las hembras y sus hebras;
de nosotros recosidos
al hilván de nuestros hijos,
no dan puntada sin hilo
ni zurcido.

Las hembras y sus hilos nos acosan,
Remendados nos olvidan

de la madre tela
De tanto paño por cortar
colgamos de un leve hilo.


Nos tijeran de banderas
y nos dejan banderín

de costurero remendón
recosidos en la reja del jardín.

Las hembras hijas costureras
que se atrasan en el baño
incapaces 
de olvidar mi cumpleaños
y abandonar mi vecindario.

Y las hembras nietas me recuerdan
que no puedo valerme por mí mismo.
Y las hembras que me dicen tío ...

La hembra mía que se va
ya me entierra
puntada tras puntada,
me deshace
puñalada a puñalada
y lo que es peor, me olvida
paletada a paletada.

Y la hembra que yo empleo
también me descose del tejido.

Pero tú mi tejedora
que madejas
y me tejes en tus sedas
¿también me destejes del cosido
y me dejas sin abrigo?
.
.
.

11































Por siempre supuran tus muertos.


Perduran las olas de polvo caliente
y se apagan tus velas mejores.


Por siempre tus muertos abiertos
marchitan de torres mis flores.


En humos persiste la hoguera
y por siempre, clavando de furia,
estalla el arcángel maldito
en el dintel de tu casa doliente.

Me sentaré en el umbral
televidente.
.
.
.

SANTERIA Y MANIQUIES






































(En la kermesse de Auristela)


Entre las nubes gordas
oran las del mantel
más una.


La virgen sangra en sus ojos
como las velas
de mi Auristela.


Asciende al cielo
su pie desnudo
ya sin pintura,
más una.


Las perlas cuelgan, cincuenta y nueve,
del cinturón
más la cascada, cien son


Y apunta
su dedo el cielo
hasta mi frente blanca
y a mil.


En el escaparate la vi:
la tan huesuda ninguna
de cuello extenso la una
de yeso y látex
la dos.


Exactos los brazos flectados
ya me bendicen a cero.

La de la vitrina quiero con luna
y el maniquí a cien mil
y un sol.
.
.
.

COMO NINGUNA

Tú, que caminás desnuda
con elásticos los dedos del tacón
y yo, que tengo ganas propiamente tales,
me despeino a solas prostituta
en todos los trinos del ropero y mi condón.

Abro y me despido paragüero sin bastones
de la cornisa muda y en pelotas.
Tú, que desnudás las arrugas de la cama
en tanta curva plena clara oscura
con rulos en los pelos, uñas rojas y aceitunas
a tiritones diente a diente te desnudas.

Tú que hacés los nidos en los pliegues de la vida
tenés hambre del señor del cielo y su llavero
al que como en otros versos y esos puercos
le falta su mano de pintura,
su dedo petitorio
su miembro enhieste o el hisopo mojado en lavandina.
Lo dice el candelero en tu escritorio.

Mi Malena
asomas entre muslos, huevos y mentiras
cortando finamente las cebollas de receta
pues tus brazos rompen nudillos y caderas.

No estoy cojo, estoy de sopas, humoroso
y de pelo rojo cual Quevedo sin maletas
No estás tú rígida en el catre y sus perillas
si no elasticada y rosa en tus mejillas

Punto y coma.
                                                                        Ida, en silencio, obviamente del jardín
                                                                               de las colillas y a pesar del cenicero, pensativa.
                                                                       Tú, con ojos del amor que nace con alitas ya no fumas
                                                                                      y yo con plumas tuyas
                                                                                      las de la almohada por supuesto y grato
                                                                                      del servicio agradecido pago
                                                                                      con dientes proso y con billetes la Malena
                                                                                      lavandera de todos los hombres desdichados
                                                                                      me besa oral eucaristía y panadera.
.
.
.

ESTERO MARGA MARGA


Los roces y los murmullos
impactan y sobrecargan
el mediodía de Enero.


El silencio se nos desarme
Intercambian sus altibajos
algunos insectos y los capullos;


Derrama ya sin consuelo
el corazón del bosque su coro
e infiltra su micro-flor sonoro

el grito de las cigarras
al mediodía de Enero.
.
.
.

REPETICIONES

Tan separados
los lazos del universo.


Lazos
para el esclavo tan desatado
a tan larga distancia
de sus hermanos.


A la profunda herida
solo llegan los observantes.
No quieren ser liberados.
Su pan son las cadenas
y el cielo un par de candados.


Lazos
para el esclavo


Y a fin de mes,
a ese dolor profundo
no alcanzan
encadenados.
Sólo llegan
los observantes
hasta el lugar de vaciado.
.
.
.

MUERTES


A la sombra de luna
A la sombra
la señorita enlunada.

A la sombra del árbol muerto
el negro pelo
del estudiante.

Al árbol de noche triste
se arriman heridos
esos amantes.

Repito:
la señorita y el estudiante.

El árbol de noche triste
y sus dos hojas.

El nido de los amantes
dice su fruta seca
y su balada de los colgantes.

MUERTE

Entornan mis dedos esa navaja;

el alón de mi sombrero

esconde mis ojos del miedo

y mi pelo naranja.


En mi palma, ya seco,

crepita el mediodía de enero.

Me llevan negros zapatos

y la intensa arruga en la frente.


Fulgores en esos puños

que atacan de espalda,

cuando cruza el metal

junto a mi barba.


Llegó el golpe del brazo

y se fue con odio la daga.

Apenas se abrió mi boca

cuando cayó de bruces.


Me siguen.

Ardiendo la tropa,

cruzo la calle valiente

cuando el balazo me toca

la intensa arruga en la frente.


.
.

OTRAS LECTURAS QUE PROPONGO

ESCRITOS DE RUBÉN CÁRCAMO BOURGADE
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LOS AÑOS DE SEPTIEMBRE http://vivirenseptiembre.blogspot.com/
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SILENCIO DE ALAS Poemas Estacionales
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Amigos míos, he aquí vuestro regalo
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